10 de enero de 2026

Cuando el sentimiento es tan fuerte, el aguante siempre vence a la vergüenza.

Hace unos días, el presidente del tradicional rival dijo una frase que dejó al descubierto una diferencia profunda entre la idiosincrasia de los hinchas de cada institución.

“A mí me enseñaron que cuando se pierde hay que sentir vergüenza, y no se va ni al almacén”.

Esa frase puede parecer algo menor, pero me resulta inevitable el rechazo. Porque a mí me enseñaron que, tanto en la victoria como en la derrota, hay que sentir orgullo por nuestra institución.

Ahora entiendo por qué, cuando pierden, no van a la cancha. Ahora entiendo por qué todos vemos las calles inundadas de indumentaria tricolor sin importar el resultado, mientras que otras camisetas solo aparecen en momentos de buen pasar deportivo. Ahora entiendo por qué esos compañeros de trabajo que “eran” hinchas del Club del 13 hoy dicen ser de un cuadro menor. Ahora comprendo por qué, en la derrota, no alientan: sienten vergüenza.

La suerte de hacerme hincha de Nacional siempre estuvo ligada a cuestiones familiares, pero como lo describió Don Hernán Navascués, difícilmente exista una mejor definición: lo principal es el sentimiento que nos une con la institución. Y cuando uno intenta racionalizar ese sentimiento, aparecen muchas razones que lo justifican, no solo el éxito deportivo.

A mí me enseñaron a acompañar al equipo en los malos momentos, a ir a la escuela con la camiseta después de una derrota. Me enseñaron a disfrutar la victoria y a bancar con valentía la derrota. A mí jamás me enseñaron a esconder mi sentimiento, y mucho menos a poner el resultado deportivo por encima del orgullo que significa ser hincha de Nacional.

Podrá decirse que eso fue en mi casa, en mi familia. Pero ¿cómo se explica que ese comportamiento se repita en las grandes mayorías? Bueno, ahí es donde entra la conferencia que mencioné al principio.

Mientras ellos evocan a jugadores de los años 60 que transmitían vergüenza y no salían ni al almacén durante días, nuestra historia comienza de otra manera.

A mí me enseñaron que en 1903, luego de un 6 a 0 de Argentina ante Uruguay, cuando muchos se bajaban del barco y no querían ir a la revancha, Nacional defendió con orgullo a la patria y terminó ganando 3 a 2, logrando la primera victoria internacional de la historia del fútbol uruguayo.

A mí me enseñaron que cuando algunos abandonaron la AUF en 1924 para intentar formar una liga paralela, Nacional, con orgullo, sostuvo el respeto institucional y lo defendió de tal manera que fue protagonista central del primer título mundial de Uruguay, conquistado en los Juegos Olímpicos, e incluso de la invención de la vuelta olímpica.

A mí me enseñaron que la pasión de Prudencio Reyes marcó una forma de vivir el fútbol. Y en esa historia, fíjense, siempre se menciona al hincha de Nacional: nunca se aclara si se ganaba o se perdía. Estaba siempre.

A mí me enseñaron que, en la enorme gira del 25, como dijo Norberto Garrone en decanoTV, la escarapela del país en Europa fue el escudo de Nacional.

Así se construye nuestra historia, nuestra idiosincrasia y la manera en que nos reconocemos los hinchas de Nacional. Por eso, cuando hay una derrota, salimos a la calle, nos cruzamos con otros bolsos vestidos de Nacional y nos decimos: vamos Nacional, vamos nosotros.

A mí me enseñaron orgullo, lealtad y aguante. A ellos les enseñaron vergüenza y a esconderse.

Por eso, qué lindo es ser de Nacional.

Germán Martínez

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