Por panenka.org
1 Feb 2019
Lectura

El fútbol, siempre, a sol y sombra.

Eduardo Galeano murió a los 74 años. Intelectual por excelencia del balompié, figura irremplazable para aquellos que entendemos el fútbol como él.

Cuando era un mocoso, mis vecinos solían decir “aquest nen porta el futbol a la sang” (este niño lleva el fútbol en la sangre). Supongo que era porque mi único mundo era el comprendido entre los tres palos que delimitaban las porterías del Feliu Codina, el campo de la Unió Atlética Horta, el equipo de mi barrio, que por aquel entonces jugaba en Tercera División. Una categoría de la que, por aquellos años, también participaban históricos del fútbol barcelonés como el Sant Andreu o el Europa. ¡Los de barrio sí que eran derbis!

El partido en casa siempre era el domingo a las 12 del mediodía entre un aroma en el que se mezclaban el salado de las pipas que comíamos los críos, y el dulzón etílico de los carajillos y el embriagador habanero de los puros con los que los adultos realizaban la previa del partido en el bar. El campo era una pedregal sin gradas en los goles. Así, la gente -pues en aquella época un partido de Tercera podía reunir a centenares, si no a millares de personas- se arremolinaba en la tribuna: un anfiteatro de hormigón cubierto por una vasta estructura metálica; o en su gemelo pobre, el lateral: simplemente, un anfiteatro de hormigón.

Siendo mi tío directivo del club (poco ejemplar, pues más de una vez saltó a la tierra en medio del encuentro para ‘discutir’ con el árbitro alguna decisión en la que no estaba de acuerdo) y mi abuelo el masajista del equipo (algo que siempre me intrigó, pues, que yo sepa, l’avi Manel no había realizado estudios de Medicina alguno), yo tenía acceso a la parte noble. De aquella zona, la tribuna, casi tanto como el juego de mis héroes Abella, Torrijos y resto de la plantilla blanquilla de los 80, me fascinaba la figura de los enviados especiales (así he acabado): el del Mundo Deportivo, que concienzudamente tomaba apuntes para su posterior crónica minúscula, y el de la radio (nunca supe qué emisora era) y aquellos “gooooOOOOOLLLLLLL en el Feliu Codina“, que entonaba al más puro estilo de locutor argentino cada vez que marcaba el Horta.

Sin embargo, yo siempre preferí el área popular, el lateral, aquel escenario de película neorrealista italiana en el que se producían situaciones cómicas: como aquel día que, ya con 18 ó 19 años, un futbolista del equipo rival, creyendo que le había insultado, me amenazó con pegarme dos hostias bien dadas al acabar el partido. Resacoso por haber pasado la noche en el Razzmatazz, me acerqué a él para aclarecer el entuerto, pero le acabé vomitando encima todos los vodka con Red Bull. Saltó directamente a por mí. Le tuvieron que sujetar. Y yo largarme cagando leches a casa a dormir la mona. También se vivían situaciones trágicas. Un día, un defensa rival despejó y el balón fue a parar a la cara de un pobre viejo. La pelota iba con tanta fuerza que el hombre cayó picando con la cabeza contra el suelo. Murió antes de que llegara la ambulancia. Sí, definitivamente, el Feliu Codina era el fútbol a sol y sombra.

Si esto fuera un obituario al uso, tendría que emplear estas líneas para explicar que Eduardo Germán María Hughes Galeano (Montevideo, 3 de septiembre de 1940 – 13 de abril de 2015), más conocido como Eduardo Galeano, fue un periodista y escritor uruguayo, uno de los más imprescindibles representantes de la literatura latinoamericana del siglo XX, destacando entre su obra, que transciende géneros y estilos, títulos como Las venas abiertas de América Latina (1971) y Memoria del fuego (1986). Seguidor acérrimo del Nacional de Montevideo, Galeano también fue el intelectual por excelencia del balompié, firmante de todo un incunable de la literatura esférica como El fútbol a sol y sombra.

Figura irremplazable para aquellos que entendemos el fútbol como un elemento más de nuestra herencia cultural, a Galeano le corresponde la autoría de un sinfín de frases antológicas del libro blanco de la cultura futbolística. Seguramente, la más celebrada y popular sea aquella en la que afirmaba que, “en su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol“. Por eso hoy, más que nunca, declaro mi amor por la Unió Atlética Horta.

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Foto: Oriol Rodríguez.






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