Por Diego Martínez
18 Set 2018
Amor
Incondicional

Había ahorrado todas las monedas de las meriendas y las propinas que recolectaba para, después de cuatro meses, arrancar rumbo a la sede de Nacional.

La historia ocurrió en 1966, año de efervescencia del tradicional rival que sin embargo -según reconoció el aurinegro Franklin Morales- no significó liderar la taquilla de entradas vendidas. El muchachito de esta historia había ahorrado todas las monedas de las meriendas, las propinas que recolectaba para, después de cuatro meses, arrancar rumbo a la sede de Nacional. 

No vivía muy cerca pero ese largo recorrido por Camino Maldonado y 8 de octubre igual se le hizo corto. Repasaba en cada cuadra los goles que escuchaba por radio, los imaginaba, porque rara vez tuvo plata para ir al Parque o al Estadio. Y si la tuvo, no era fácil zafar de las tareas a las que la situación económica lo obligaban. 

Esa tarde tenía 50 pesos y en ese 103 seguro iban con él, Cococho, Oyarbide y Luis Ramos. En una parada apostaría que pudo saludar por la ventana a Manicera, en otra a Pocho Álvarez. No los había visto nunca, pero esa tarde, si. Y ellos a él en su camino al Palacio de Cristal. 

Llegó a la sede de su club amado, pidió para hacerse socio y puso los 50 pesos arriba de la mesa. La persona que lo atendió le dijo que debía pagar 3 meses y el carnet. No había otra opción. Entre todo eran 47,5 pesos y el cambio, lo mismo que costaba el boleto de vuelta. Salió de su casa con 4 meses de ahorro y volvía con cero peso. Pero no importaba, nada podía ser más importante en ese momento. Un sueño estaba cumplido, ya tenía el carnet azul con su foto. Se fue mirando por la ventana del 404 a todos los que pusieron a Nacional en su camino: a su tío Manuel que lo hizo amar esos colores y a los amigos del barrio con los que peloteaba. 

Yo no precisé hacer tanto esfuerzo para llegar a la sede, parte de ese camino ya me lo había ahorrado él, mi viejo.

Diego Martínez.





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