Por Toto Montañes
7 May 2018
Papelito

Todos pedían su ingreso. No porque estuviera rayando a gran nivel, pues no venía de buenos partidos.

Pero la gente lo sabía, se respiraba en el aire, en cada grupo de WhatsApp de los distintos bolsillludos, a lo largo y ancho del país, se rogaba el ingreso de un solo jugador, al unísono.

El joven pero sabio Cacique supo escuchar y en el momento más caliente del partido hizo un gesto hacia el otro lado de la cancha. Tapado por dos viejos amigos, no lograba divisar qué acontecía, pero un aplauso estruendoso sacudía Jardines, seguía sin poder observar con claridad. De pronto me corro, doy unos pasos hacia mi derecha, y mirando la cabecera de la hinchada contemplo a quien en trote firme y acelerado, con la decisión de aquél que sabe ser uno de los prodigios del Club, atravesaba la cabecera para ponerse a la orden. Como aquél potro que pide pista antes de las gateras. Una vez más se lo llamaba a servicio.

La popular se vino abajo. No era para menos, entraba uno de los suyos. El aplauso como que lo empujaba, lo llevaba. Es que en el fondo, parecía que la propia parcialidad lo conducía y hoy volvía a pedirle una gesta más, sino la última. Nada menos que el Campeonato Apertura Abdón Porte estaba en juego, y ya se había intentado todo, bah, casi todo.

Partido trabado, el tradicional adversario en punta del torneo, y el equipo cansado sin mayores ideas. 

Tras breve diálogo la comandancia le dio entrada, no había que explicarle mucho después de todo. Obligado a jugar contra la raya, fuera de puesto, y con toda la defensa adversaria esperando atrás, comenzó a revolverse, y por primera vez en el partido el equipo abrió otro frente de ataque por la derecha. El esfuerzo incansable de Espino y Bueno por la izquierda resultaba conmovedor, pero no alcanzaba. La defensa adversaria no tuvo más remedio que desplegarse en un mayor rango ante este nuevo escenario, y los flancos poco a poco, aparecieron. El empate no tardó en llegar pero lamentablemente no era suficiente. El equipo empujaba, presionaba, buscaba por un lado y el otro hasta que por fin llegó el gol de la victoria, del campeonato.

Quien sino él, quien sino aquel que todos pedían y aclamaban que saltara al campo. Quien sino aquél que titular o suplente, no cambia la cara, él juega para Nacional. Quien sino ese que si tiene que picarla como contra Boca en tanda de penales lo hace sin que se le mueva un pelo, y que si tiene que empatarlo en la hora, aunque sea un clásico, le vale hasta con la mano. Nuestro prodigio. El hijo de la hinchada. Nuestro gigante. Nuestro pequeño gigante.

Ni cerca de ver la jugada, y menos el gol, apenas me dio para gritarlo. De pronto miré a lo alto, y allá en el tejido, trepado con el puño apretado, lo divisé a lo lejos. El estadio rugía, créanme. Quienes saben, dicen que hasta el propio Abdón desde la inmortalidad se quebraba, sabiendo que su legado está más vivo que nunca, y que un pequeño, nuestro prodigio, le brindaba su reverencia. Y detrás de él todos, absolutamente todos.

Toto Montañes







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